EN TIERRA VIVA. Delcy Morelos
Susana Pardo
EN TIERRA VIVA
Delcy Morelos
Delcy Morelos nació en Tierralta y esa coincidencia —verbal, geográfica, casi de bautismo— parece anticipar una profecía material: su trayectoria puede leerse como un aprendizaje sostenido de la tierra, primero como color, después como cuerpo, más tarde como arquitectura y, finalmente, como presencia. En su caso, la biografía no actúa como anécdota explicativa de su obra; funciona como un paisaje real, un terreno que crece y se trabaja, que se humedece y se agrieta, que se vuelve alimento y hogar. Ese suelo, con su ritmo y su carga sensorial, es el que la artista insiste en dejar ver, pisar y tocar, incluso cuando el sistema del arte prefiere superficies pulidas y discursos que no ensucian las manos.
Sus comienzos son los de una pintora que se toma el color más como atributo sustancial que como condición estética o superficial. La pintura, en Morelos, nace de un trato casi orgánico con el pigmento: rojos densos, terrosos, vinculados a la sangre, a la piel, a la herida histórica. Es importante recordar esto porque el giro qué toma su trabajo hacia la tierra no implica ningún cambio de tema; es una continuidad inapelable que amplía el campo pictórico hasta convertirlo en lugar: aquello que antes se extendía sobre el papel se despliega ahora sobre el espacio y el espectador entra físicamente en lo que, en la tradición moderna, se contemplaba a distancia.
La artista vive esa continuidad que desborda la pintura como una perseverancia coherente en seguir investigando sobre lo que el color puede hacer cuando deja de ser imagen y se vuelve experiencia; cuando la pintora no pinta, cuando la escultora no esculpe, cuando la arquitecta no construye edificios, aparece la artista que trabaja con la atención. Esa atención tiene algo de humildad y algo de determinación: no pretende dominar lo real, pretende escucharlo. El arte, entonces, deja de representarnos el mundo y nos lo presenta.
Esa distinción —representar/presentar— es decisiva para entender su obra más reciente. En la representación, el mundo se convierte en escena: se ordena para ser visto. En la presentación, el mundo aparece con toda su corporeidad imponiéndose como presencia que nos afecta. Morelos trabaja en ese punto donde el arte deja de ser un “sobre” y vuelve a ser un “dentro” para ofrecer una morada. Evita lo simbólico y nos pone frente a la materialidad de aquello que el símbolo suele domesticar.
Su gesto central es introducir en el museo un material que la propia institución ha aprendido a excluir: la tierra. Y hacerlo sin ironía, sin límites y sin nostalgia romántica. Morelos no hace una cita discreta e inocente de la tierra; la introduce como entidad viva, memoria y ley. Por eso, cuando se atraviesan sus instalaciones, algo se descoloca: el cuerpo del visitante recupera una inteligencia que la cultura visual contemporánea ha anestesiado. La vista, por sí sola, no alcanza. Hay que oler, sentir la temperatura, caminar despacio, aceptar que la obra no se entrega de golpe.
El olor es una de sus puertas de entrada más potentes, precisamente porque el olor no permite distancia higiénica. El olfato atraviesa las defensas del lenguaje: llega a la memoria sin pedir permiso. Hay un motivo por el que nos atrae el olor a tierra mojada. Ese perfume, petricor,¹ es una señal antigua de agua y de vida: un anuncio de fertilidad, de retorno del ciclo, de que el mundo vuelve a ponerse en movimiento. Nos afecta porque activa una memoria profunda que no es solo psicológica, sino biológica; nos devuelve a un tiempo anterior a la separación entre sujeto y entorno. Morelos convierte esa atracción en herramienta poética y política: trae al museo un umbral sensorial que nos recuerda que venimos de la tierra y que, aun cuando lo olvidemos, el cuerpo lo sabe.
Ese «saber del cuerpo» atraviesa los conceptos y narrativas de su obra. La tierra aparece como organismo capaz de regenerar, alimentar y sostener. Pero también es testigo: guarda el duelo, se impregna de la violencia, recibe lo que cae y lo que se entierra. La tierra es archivo y es útero; es alimento y es fosa. En Colombia, y esto es crucial, el territorio no es un paisaje o un escenario neutro: ha sido botín, disputa y herida. La artista elige trabajar con aquello por lo que se mata y registra lo acontecido en la pesadez de la materia que se deja afectar por la gravedad. El museo, entonces, más que narrar o ser refugio de la historia es un lugar donde la historia se percibe, se deja sentir y experimentar.
Una obra como Moradas, realizada para la Galería Santa Fe de Bogotá, en el marco del Premio Luis Caballero, muestra con claridad esa doble condición. Allí la tierra cubre casi todo, oscurece paredes, obliga a recorrer un camino estrecho, hace del espacio una entraña. Hay olor a tierra húmeda, sensación de cueva, frío, oscuridad; la instalación oscila entre la fertilidad como origen de la vida, pero sobre todo, habla de la tierra secreta que acoge, también, la muerte sin sepulcro ni duelo. De alguna manera, la pieza trata de nombrar un país donde la tierra oscurecida por la tragedia llora al ser usada como depositaria de cuerpos y silencios. No hay representación del horror; hay una inmersión en el lugar donde el horror se esconde.
Si Moradas instala la tierra como archivo forense, Enie la instala como umbral ritual. Presentada en 2018 en NC-arte, esta obra se organiza como una acumulación de “galletas” o módulos de tierra, una serialidad que dialoga con la lógica minimalista pero la desvía hacia un territorio doméstico y ceremonial. Lo repetitivo deja de ser industrial y se vuelve casi culinario: la tierra se amasa, se endulza, se vuelve materia trabajada con las manos, como si el gesto artístico recuperara un oficio anterior al arte. Enie significa “tierra” en lengua uitoto: la palabra ya señala una relación con saberes indígenas que aparecen en su obra como estructura de pensamiento sin ornamento. En el trasfondo late la idea de la madre como fuerza transformadora, la parte dulce de la existencia, la que llena de formas al mundo. Enie convierte la tierra en alimento simbólico, en ofrenda.
Ese movimiento hacia lo ritual se vuelve explícito en El lugar del alma, creado para el Museo Moderno de Buenos Aires entre 2022 y 2023. Allí, Morelos construye un recorrido laberíntico en un subsuelo: una arquitectura de adobe perfumada con clavo, canela y café. Es una pieza que obliga a bajar, a escuchar, a permanecer en silencio. El adobe no es un guiño arqueológico; es un saber técnico y espiritual. Construir con tierra exige aceptar sus tiempos, su fragilidad y su resistencia. El lugar del alma funciona como homenaje a la Pachamama2 y a rituales andinos: la obra se entiende como ofrenda y alimento.
Aquí conviene detenerse a observar la conexión entre el habitar humano y el trabajo de Morelos. Si observamos la historia de las primeras moradas, desde el simple refugio rocoso, la cueva o la construcción con adobe, sin quedarnos en el apartado técnico o artesanal, encontramos la misma historia de la conciencia. La cueva inaugura el “dentro”, el límite, la interioridad: el nacimiento de una dualidad fundamental. El adobe, por su parte, es una piel fabricada: una continuidad material con la tierra que no separa naturaleza y cultura, las entrelaza. Morelos trabaja precisamente ahí: en la zona donde la tierra se vuelve casa, donde la protección se obtiene del diálogo con los elementos. Sus instalaciones son viviendas temporales: refugios sensoriales que nos recuerdan que habitar no es ocupar espacio, es producir sentido.
Por eso su obra más importante a partir de la década de 2020 puede leerse como una serie de arquitecturas del regreso. El abrazo y Cielo terrenal, realizados para Dia Chelsea (2023–2024), consolidan esa dimensión. Dos instalaciones inmersivas donde la tierra crea expansiones monocromas y acumulaciones materiales que abrazan, literalmente, al cuerpo del visitante. El título El abrazo no se limita a una metáfora afectiva: nombra una forma. La obra abraza por su escala, por su
cercanía, por su olor. También abraza por su ética: propone una reconciliación con el suelo que nos sostiene. En un tiempo que ha hecho del tacto un problema y del olor una incomodidad, Morelos reinventa el abrazo como práctica de la atención.
En Profundis (CAAC, Sevilla, 2024–2025), esa atención se expande hacia una dimensión histórica transatlántica. La instalación ocupa espacios de un antiguo monasterio, trabaja con tierras locales (albero sevillano y tierras rojas) y con plantas y semillas vinculadas al intercambio entre América y Europa. Allí la historia de la colonización aparece sin necesidad de ilustración: se manifiesta en la materia, en el aroma, en la presencia de aquello que viajó y se injertó en otras mesas, en otras economías y en otros cuerpos. Profundis es un viaje que pone en valor una memoria histórica a través de la tierra y sus dones, como elemento ancestral. La obra sugiere que los individuos estamos conectados y hermanados desde lo más profundo de nuestra biología, nuestro sentir y nuestra alma, mientras las narrativas políticas y económicas parecen trabajar en lo contrario: polarizar y deshumanizar las sociedades.
El monasterio como espacio de silencio, disciplina y clausura se vuelve, en manos de Morelos, un escenario donde lo femenino regresa como estructura de cuidado y escucha. Este punto es clave: lo femenino, en su obra, no se reduce a identidad o representación de género, funciona como forma de relación, una ética de la hospitalidad, una práctica de atención a lo vivo. La tierra aparece como vientre, como madre, como lugar de gestación. Pero también como maestra que enseña sin imponer. Entrar en Profundis es aceptar que el cuerpo no está por encima del mundo: está dentro.
Ese “dentro” se radicaliza en El espacio vientre, obra comisionada para la Sala 9 del MUAC (2025–2026). Aquí la arquitectura se orienta verticalmente: terrazas de tierra y arcilla ascienden hasta el techo, transformando la sala en un organismo. El visitante deja de ser espectador y se vuelve huésped: alguien acogido por una forma de protección maternal. La intención es producir un estado, un horizonte interno. La tierra proviene de campos de cultivo de maíz, de tal modo que el aroma remite a un pilar cultural local. El espacio vientre pide presencia y silencio, tiene algo de liturgia contemporánea, una especie de ritual que se atreve a ser básico y simple en un mundo intoxicado de velocidad.
La demanda de atención y presencia reivindican con fuerza, uno de los núcleos más sutiles de su obra: la crítica a la «dictadura de la visión» y, con ella, a la tecnología entendida como sustitución de ambos conceptos. Hemos delegado en dispositivos la lectura del mundo: ya no sabemos escuchar a la tierra y al cielo, interpretar señales, habitar el ritmo. La rapidez ha convertido la percepción en consumo. Morelos, en cambio, propone un reinicio: una atención primigenia que aparenta un retroceso, y sin embargo, se manifiesta como la dirección más acertada de avance. Volver a lo mínimo para recuperar lo esencial. Volver a lo biológico: a los sentidos, a las emociones, a ese lenguaje de millones de años que llevamos inscrito en el cuerpo. Su obra trabaja con el tiempo, no contra él. Exige paciencia, como la exige todo lo vivo.
Esa exigencia de tiempo tiene implicaciones filosóficas claras. Desde una fenomenología del cuerpo, podríamos decir que la artista desarma el régimen ocularcentrado del arte contemporáneo y devuelve la experiencia a la carne. Merleau-Ponty3 insistía en que no miramos el mundo desde fuera: somos del mundo, estamos tejidos con él. En Morelos, esa idea deja de ser teoría y se vuelve materia: la tierra nos rodea, nos afecta, nos obliga a reconocer nuestra pertenencia. Desde una poética de los elementos, Bachelard4 pensó la tierra como sustancia de intimidad, como refugio y como peso tal como Delcy Morelos presenta en sus instalaciones, una poética de la tierra.
No se puede dejar de mencionar el diálogo que la artista establece con el arte del siglo XX: obviamente su trabajo podría relacionarse con el land art y también con el minimalismo. Sin embargo, el land art, en su versión canónica, desplazó el arte hacia el exterior el paisaje, mientras Morelos hace el movimiento inverso: trae el paisaje o, más exactamente, el suelo al interior del museo. El minimalismo buscó una forma de presencia no representacional; la artista, por su parte, acepta esa lección pero la contamina de vida. Sus formas geométricas están hechas de materia orgánica, húmeda, porosa y fragante; su minimalismo, si cabe llamarlo así, deja la frialdad de los materiales industriales y se vuelve telúrico aceptando la complejidad del mundo.
Continuando con esta reflexión de relaciones, no es un detalle menor que una institución como el Hamburger Bahnhof de Berlín halle fundamentos para vincular su obra con Joseph Beuys5; mientas Beuys entendió la materia como energía y la ecología como tarea política, Morelos, desde otro linaje, vuelve a situar la tierra como lugar de transformación. La instalación Madre, expuesta en 2025-26, formula el relato de nuestra separación de la madre ancestral. La pieza explora temas de tierra, conocimiento indígena, regeneración e interconexión entre naturaleza y humanidad. Allí la fragancia de la arcilla y las hierbas y especias funciona como recordatorio físico de una pérdida: hemos convertido el suelo en recurso y hemos olvidado que es origen. Madre actúa como una escena de reconciliación y, al mismo tiempo, como evidencia de la distancia: se siente la belleza, pero también el dolor de habernos desprendido.
La intervención Bruja (Sorgin) en el Guggenheim Bilbao (2026) abre otro eje: el saber femenino perseguido. Allí la figura de la bruja —en clave vasca— aparece como memoria de matronas y sanadoras, guardianas de plantas medicinales, capaces de comunicarse con árboles, montañas y animales. La tierra, mezclada con barro y otros materiales, construye un ambiente inmersivo que no romantiza la brujería: la entiende como archivo de saberes eliminados por la violencia cultural. El museo se vuelve, de nuevo, una cueva: un lugar donde lo reprimido reaparece como experiencia.
Si hay una coherencia temática en la obra de Delcy Morelos, está en su insistencia en la tierra como lenguaje. La tierra habla en su obra de vida y de muerte, de duelo y de regeneración. Habla de territorio e historia, de violencia y de cuidado. Habla de lo femenino como estructura de hospitalidad: un modo de sostener y de escuchar. Y habla, sobre todo, de un problema contemporáneo: la pérdida de relación con lo real. No porque el mundo sea menos real, sino porque nuestra atención se ha vuelto frágil.
En este sentido, Morelos propone algo que hoy resulta casi subversivo: un arte que no se apoya en la espectacularidad tecnológica, sino en la densidad de lo elemental. Tierra, agua, aire, temperatura, olor. Hay algo de primitivo en esto, pero en el sentido más fértil del término: primitivo como lo primero, lo que sostiene. Su obra no idealiza un pasado; produce un presente distinto, donde el visitante puede experimentar el mundo sin la mediación obsesiva de la pantalla. Es un arte que devuelve a la percepción su complejidad, y a la complejidad su silencio.
Quizás por eso su obra conmueve sin necesidad de dramatismo. Porque trabaja con lo que ya nos conmueve desde siempre: el olor de la lluvia sobre el suelo seco, la sensación de entrar en un lugar fresco y oscuro, el rumor de la tierra que se humedece, la evidencia de que la vida brota incluso en espacios que parecían muertos. Morelos no necesita convencer: dispone condiciones. Y en esas condiciones, el cuerpo recuerda.
En un mundo que se ha acostumbrado a pensar la tierra como superficie, Delcy Morelos nos hace descender. Descender es un gesto físico, pero también un gesto ético: implica aceptar que hay una profundidad que no se ve, que solo se escucha, se huele, se toca. Esa profundidad es la de la memoria y la del origen. La de la historia enterrada y la de la vida que insiste. Su obra, desde 2020, se ha convertido en una de las formulaciones más intensas de esa doble verdad: somos tierra viva, y la tierra, incluso cuando la olvidamos, sigue hablándonos.
NOTAS___________________________________________
1.- Petricor es el nombre del olor a tierra mojada que se libera cuando la lluvia cae sobre suelo seco: una mezcla de compuestos del suelo (entre ellos la geosmina) que nuestro olfato detecta con enorme sensibilidad y que, evolutivamente, funciona como señal de agua y de fertilidad.
2.- Pachamama (quechua/aymara: “madre tierra” o “madre mundo”) nombra, en cosmovisiones andinas, una entidad viva y relacional: fuente de alimento y cobijo, pero también principio de equilibrio y reciprocidad. No es un “paisaje” que se usa, sino un ser con el que se convive; de ahí los rituales de agradecimiento y ofrenda (pagos) que buscan sostener el vínculo entre comunidad, territorio y ciclos naturales.
3.- En Merleau-Ponty, percibir no equivale a “mirar” como quien registra una escena: es una implicación corporal. El mundo no se nos da como objeto separado, porque nuestra sensibilidad está ya en contacto con él; vemos, tocamos y nos orientamos desde una pertenencia previa. La experiencia nace de ese cruce constante entre cuerpo y entorno, como si ambos se respondieran mutuamente.
4.- Esta idea se apoya en la “imaginación material” de Gaston Bachelard, especialmente en La terre et les rêveries du repos (1952), donde estudia las imágenes del reposo, el enraizamiento y el refugio (casa, vientre, gruta) ligadas a la intimidad de la materia; y dialoga también con La poétique de l’espace (1957), que desarrolla la casa como figura privilegiada de cobijo e interioridad.
5.- Joseph Beuys (1921–1986) entendió el arte como práctica ampliada de transformación social (“escultura social”): no solo objetos, sino procesos capaces de modelar sensibilidad, comunidad y política. Su interés por materiales como grasa, fieltro o miel, más que por sus propiedades visuales o decorativas, eran elegidos por su valor energético y simbólico; y su ecología —visible en acciones como 7000 Eichen (1982)— planteó que la reparación del mundo es también una tarea estética y colectiva.

























































